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Tuesday, May 31, 2005

VERTIGO

¡¡¡Si, si, si!!!. Otra vez me encontraba caminando por las calles, las espantosas calles. Creo que eso de andar divagando y pateando piedras todo el día ya me tenia cansado.

Veía a los alternativos en su trance, a los ejecutivos en su afán y lo peor es que no me veía entre ninguno de ellos. Definitivamente prefería seguir caminando por las grises calles como un espectador pasivo de la vida.

Un día desprevenidamente vi algo raro, era un grupo de cabezas rapadas que cantaban muy felices, me pregunte que seria aquello tan extraño que irrumpía mi rutinario trasegar, así que fui a indagar.

Mientras me encontraba dentro del tumulto de curiosos transeúntes, uno de esos sujetos imperceptiblemente tomo mi hombro y me dijo: Hola hermano entra al mundo de lo sagrado, yo un poco extrañando le seguí. El sujeto me decía que saltara y danzara con ellos, que esto ayudaba a liberar el espíritu, yo un poco cohibido lo hice. Con el pasar de las horas en esa actividad me comenzó a invadir un gran aburrimiento y... en ese preciso momento como si hubiese leído mi mente, el extraño sujeto me miro de frente a los ojos con una expresión de ángel recién caído del cielo y me dijo con una estúpida sonrisa feliz: Ven a nuestro templo no esta muy lejos, yo un poco renuente fui.

Comenzamos a caminar por toda la ciudad cantando y comiendo mazacote de arroz, luego entramos a los suburbios de la ciudad, y me causo mucha gracia ver como los chiquillos del lugar se reían de nosotros. Nos internamos por un matorral, que luego se volvió bosque y después selva. Caminamos por un pequeño sendero no más de media hora hasta llegar a unas derruidas murallas que resguardaban unas modestas chozas. Come mas arroz me dijo el extraño sujeto, yo con actitud un poco pesada, le dije que no quería más.

Entre al “mágico lugar, al templo”, todos se hablaban y se decían te quiero, pero yo no quería a ninguno de esos tipos.

Pase una noche en aquel monótono lugar, este me parecía deprimente, la lentitud de las cosas, la persistente y disonante música de unos putrefactos platillos que no dejaban de sonar las 24 horas del día lograron causar en mi una fuerte resistencia a seguir en ese lugar.

Creo que el paso a seguir era evidente, debía tomar una decisión, y esta era sin lugar a dudas la de marcharme de ese sitio.

Los religiosos me imploraban que no me fuera, argumentando que el amor solo se vivía en la libertad, pero... la verdad yo los veía mas prisioneros que un preso condenado a cadena perpetua, así que tome mis cosas, me calce las botas y salí de ahí.


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Nuevamente me encontraba en la monotonía pateando piedras en un soleado día de octubre. Estaba en mi universidad en uno de aquellos fugaces momentos en donde la gente hace una pausa para tomar algo en la cafetería y luego continuar con el arduo trajín académico. Estaba solo reflexionando sobre mi extraña experiencia con los hombrecillos espirituales, sentado en una mesa como si estuviese aguardando algo, o.. alguien, con la extraña sensación de estar solo en un lugar en el cual todo el mundo anda acompañado.

Una rara presencia capturo mi atención. !Claro...! Entro ella, la enigmática mujer surgida de quien sabe donde. Si, era una mujer extraordinaria. Yo la vi y me sonroje, en ocasiones parecía que fuese a perder el control. Lo curioso es que la mujer inmediatamente detectó mi presencia se inquieto también. Ella me observó, pero contrario a mi reacción, adopto una postura indiferente, aunque también se sonrojo y busco la manera de salir del lugar.

Ella salió, yo cancele mi cuenta y me marche tomando presurosamente mi morral, el cual sonó metálicamente gracias a los pesados artilugios de montañismo que solía cargar permanentemente.

Estos encuentros se sucedían con igual ritual uno y otra vez, parecíamos un par de sujetos platonicamente enamorados. Pero... seria realmente eso?.

Fueron muchos los días en que viví esa extraña situación, agravándose hasta el punto de rehuirnos el uno del otro. Cada encuentro era un desfogue de energías que nunca llegaban a su destino, y así, el tiempo paso y la situación se fue perdiendo en el olvido del talego de Cronos, dentro del cual el guarda las cosas que no se realizaron jamas, para luego enredarlas arrojándolas un poco mas adelante del presente.


Luego de tres años sin saber nada de ella, yo me encontraba en un paraje indómito, un lugar en donde los vientos danzaban y tallaban las rocas cuasi lunarmente, mi silueta se desplazaba pesadamente por el extraño sitio, era un hombre solitario fuertemente pertrechado con una gran gama de equipos de montaña.

En el costado derecho de una gran ensenada, se podía apreciar un despliegue vertiginoso de nubes arrastradas por el viento, las cuales se encañonaban por entre las gigantescas rocas para ser lanzadas a las alturas y luego comenzar a descender rudamente, entrando de nuevo en un blanco carrusel montañoso.

A medida que ascendía por un estrecho y empedrado camino, sentía una apreciable baja de temperatura, tanto que al cabo de ocho horas de caminar la escarcha hizo su blanca aparición, ante esta nueva situación, me coloque las botas para nieve y en menos de una hora le tuve que colocar los crampones a las botas, debido a la presencia del agudo hielo, también fue necesario sacar el piolet, pues debía extremar las medidas de seguridad, las grietas y el frío pueden ser fatales si no se les trata con cuidado. Hice una corta parada para colocarme la chaqueta térmica y tomar algo de bebida hidratante, monte el morral a mi espalda y continúe el camino.

No falto mucho para que de un momento a otro y como salida de la nada me topase con una blanca y helada pared de hielo azul, más grande que un edificio, era un alto glaciar a ¡¡¡mas de 5.000 metros sobre el nivel del mar!!!. La sombra descompuesta de mi rostro lo dijo todo, me había salido de curso, recordé todas aquellas voces que me aconsejaban en el viejo refugio el no subir a esa sierra, puesto que el clima en esta época era un infierno de frío, pero... algo en mi me decía que la búsqueda debía continuar. Una búsqueda inexplicable que estaba enclavada en mi corazón.

No hubo nada que hacer, callo la noche junto con la temperatura. Me tomo mas de una hora lograr levantar el iglú térmico, pues los ventarrones y mis congeladas manos no colaboraban mucho. Una vez dentro de la carpa extendí el aislante térmico, la bolsa de dormir y encendí un pequeño fogón de gas que poco a poco fue entibiando el interior de mi pequeño habitáculo, cociendo a su vez una suculenta sopa de sobre con conchitas de pasta en su interior. Fue una noche fría y larga.

En la mañana siguiente y luego de una mala noche, el mal de montaña me sobrevino con una extraña manifestación, melancolía, los paisajes se veían sublimemente azules y tenues, así el día estuviese despejado y soleado, luego me sobrevino un letárgico sueño que empezó a mellar mi coherencia, me sentía como si hubiese caminado cinco días con sus noches bajo una embriaguez alcohólica con un tonelagico equipaje al hombro, las ganas de dormir y descansar eran irrefrenables, luego comencé a disfrutar una paz increíble y mágica producto del desenchufe de los sentidos saturados de dolor, quedando tan solo mi vista consciente, divagando en aquel paraje encantado y esperando la ultima etapa de mi vida, los dulces sueños o la muerte blanca.

¡¡¡Adrenalina!!! fue una palabra que como flecha atravesó mi mente. Como pude y con gran esfuerzo logre tomar una jeringa dérmica que previamente había dejado en el bolsillo de mi chaqueta muy a la mano, la destape, me la coloque sobre la yugular y dispare su ardiente contenido.

Dolor y calor se expandieron por todas mis venas y fueron acelerando progresivamente las pulsaciones de mi corazón, reactivando Todos mis músculos que comenzaron a saltar en una convulsión salvaje y dolorosa.

Mi cuerpo recobro su vitalidad y los sentidos tomaron poco a poco su lugar. La búsqueda debía continuar.

Me incorpore, recogí el campamento y los pertrechos, prepare un café caliente el cual tome con pan de 7 cereales y tres sorbos de bebida hidratante, saque la cuerda y el equipo para escalar, pues la única ruta posible era remontar aquella helada pared.

Tomé dos piolets, uno largo y otro corto, cale los crampones en las botas, ajuste el arnés a la cintura y subí el morral a mi espalda.

A golpe de crampones y piolets inicié el largo ascenso, afortunadamente el día estaba esplendoroso, de ves en cuando una fuerte ráfaga de viento sacudía mi cuerpo y levantaba algo de nieve que mojaba los lentes de mis gafas, obligándome a hacer de ves en cuando una parada para limpiarlas.

Un extraplomo en la ruta parecía ser inevitable, la prominente saliente de hielo amenazaba interponerse en el ascenso como una nariz indiferente en dirección al sol, cruel amigo de los escaladores cuando derrite y ablanda la nieve provocando aludes aplastantes.

El escalar era progresivo. El crampon derecho se clava sobre el hielo, luego el piolet largo de la mano izquierda lo hace, para que repita la maniobra el crampon izquierdo y el pilolet corto de la mano derecha. El extraplomo, estaba cada vez mas cercano, tan cercano que en uno o dos avances ya me encontraba en su base. Una vez en la base de la helada prominencia, tuve que sacar un tornillo para hielo el cual ate a un cordino de 2 metros y el otro extremo al arnés, de esta forma me dispuse a afrontar de una buena vez este endemoniado obstáculo.

!Que dios ayude a este hombre en su locura! me dije antes de emprender la acometida. Tome la ruta menos pronunciada del extraplomo e inicie un largo y penoso ascenso, los movimientos debían ser precisos y bien calculados, primero se fija el tornillo al hielo, luego se hace el avance, se fija un piolet a la pared, se retorna por el tornillo, se trepa por la cuerda del piolet ya fijado, ayudándose con el otro piolet y los crampones, y así repetidamente hasta el final. Me tomo dos horas sortear este escollo, quedando tan cansado que opte por almorzar sobre este, haciendo una celebración sobre el lomo del peligro vencido. Salame, pan, maní y chocolatinas pasadas con bebida hidratante, fue suficiente para recobrar las fuerzas y continuar la faena.

La pared era menos pronunciada y hacia el ascenso más apacible y amigable a pesar de la fatiga que la falta de aire provoca en esas alturas. Así continúe durante media hora mas hasta que llegue a la ultima cornisa que una vez superada, dio paso a un espectáculo sobrecogedor, como de la nada apareció ante mi todo un valle de nieve interminable, la sensación era como estar en el regazo del cielo. A partir de ese momento, el peligro se centraba en las profundas grietas del glacial, trampas mortales de mas de 30 metros de profundidad, cubiertas por nieve solidificada que al ser calentada por el sol comienza a derretirse al punto de no soportar el peso de una sola bota, y como ya era medio día, se hizo imposible continuar.

Procedí a montar el iglú térmico, esta vez con menos viento y con una visibilidad única, era increíble como se veían las puntas de las montañas emerger de un mar de nubes asentadas sobre los valles. La sensación de saber que no hay nada mas alto sobre tu cabeza era sobrecogedora. Una vez armada la carpa, el sol la calentó tanto que era imposible estar dentro de ella, pero me moría de frío al estar quieto fuera de esta. Termine de arreglar las cosas y me tire a descansar. El día estaba supremamente estable, la tarde comenzó a caer y los arreboles a pintar el cielo de mil colores que se reflejaban sobre la nieve y hacían que esta tomase sus tonalidades. Un día como estos es supremamente extraño en estas altas cumbres (5.500 msnm). El panorama se termino de completar cuando una esplendorosa luna llena comenzó a salir en el horizonte, esto hacia presagiar una hermosa noche totalmente despejada, fatídicamente despejada, brutalmente despejada, pues cuando no hay una sola nube en el cielo que retenga el calor del día, las bajas temperaturas son aterradoras, esta situación me obligo a tomar medidas preventivas. Con el piolet y mis manos construí un muro de nieve al rededor de la carpa, de esta forma los vientos no se robarían el calor duramente forjado al interior de esta.

Tenia todo listo y preparado para afrontar la fría noche; el sol se puso rojo como una gran bola de fuego y la luna estaba amarilla y enorme al lado opuesto del horizonte, se podía apreciar el inmenso amor que le profesa el sol a la luna, persiguiéndola incesantemente por el amplio cielo, dando paso de esta forma al espectáculo maravilloso del día y la noche. La nieve tomaba los colores del atardecer dando la impresión de estar parado sobre una gran flor multicolor. Yo era el único testigo de aquel instante espectacular, el único confidente de aquel trascendental cortejo.

La noche comenzó a caer antecedida por los caballeros del crepúsculo, dejando a su paso tan solo una blanca y redonda luna como reina de la totalidad.

Entre a la carpa y prepare una espartana sopa de cereales que junto con un trozo de pan y una chocolatina constituyeron mi cena. El frío era soportable, dormí un buen rato.

La luz lunar era tan intensa que parecía de día, tanto que sin hacer mucho esfuerzo podía percibir colores; frente a esta seducción de la naturaleza, opte por dar un corto paseo sobre la cumbre, ya la nieve estaba dura, igualmente no descuide las medidas de seguridad, así que fijando fuertemente el piolet largo a mi mano y así poder tantear con el pico el terreno, ajuste los crampones a las botas y me puse la chaqueta. Me tomó media hora cruzar la blanca llanura, entregado a una majestuosa travesía nocturna que tan solo los dioses la han hecho, un maravilloso trance de hermosura en donde la luna hacia brillar la nieve como la mas limpia de las platas.

Todo lo anterior se vio opacado cuando llegue a la otra orilla de la cumbre y divise un basto océano sereno y tranquilo desde semejante altura. La luna se veía perfectamente reflejada sobre el mar; creí estar en el cielo en ese momento, el éxtasis me tenia inmovilizado, yo estaba hay… parado, pero mi alma se fue junto con mis sentidos a volar, no sé cuanto tiempo permanecí en ese trance.

Repentinamente y a lo lejos, donde el mar se une con la tierra, comenzaron a subir tres burbujas de colores claros e intensos, proyectando unos destellos luminosos muy cálidos los cuales se hacían más y más claros a medida que estas remontaban las montañas a grandes velocidades.

Petrificado por un instante, me di a la huida, atravesando en la forma mas irresponsable la helada llanura en menos de la mitad del tiempo que me tomo de ida y de un solo brinco, me clave en el interior de la carpa. Presurosamente cerré la puerta y sudando en frío me asome por un pequeño espacio que había dejado en la cremallera con el fin de poder hacer un seguimiento de los acontecimientos.

Estas esferas llegaron a la cumbre y revolotearon un rato como espíritus divagantes jugando en la inmensidad, se acercaron a mi tienda, yo creía desvanecerme de terror. Las burbujas se ubicaron en los extremos de la llanura, me tranquilice un poco aunque aun permanecía expectante; note que la temperatura ambiente era muy agradable y el viento había cesado. Permanecí así durante unos 15 minutos, mientras se gestaba dentro de mí un extraño impulso por salir e investigar el desconocido fenómeno, tejiendo en mi mente mil justificaciones físico - químicas para tranquilizar mi razón, luego y un poco contra mi voluntad salí. Las luces eran cálidas, gratificantes y derrumbaban cada vez mas mi temor. Camine unos cuantos pasos y me quede observando el entorno por un rato. Distinguí en las penumbras y la nieve un extraño volumen negro, pense en un principio que se trataba de una roca y camine hacia esta, pero a medida que me aproximaba, fui distinguiendo ciertas características humanas, dando la impresión de ser alguien agazapado y envuelto en una capa oscura. Ya mis justificaciones lógicas no podían sostener la realidad, creía desvanecerme, el terror atravesaba mi cuerpo dejándome en una total inmovilidad. Mi perplejidad llegó a su limite cuando la extraña figura comenzó a incorporarse, parecía ser alguien o… algo esbelto y de mediana estatura, esta termino de erguirse, giro y se quedo viéndome, yo dentro de mi angustia trataba de distinguir un rostro o algo que le diera un matiz de realidad a mi situación, pero la figura estaba cubierta en su totalidad con su negra capa. Esta silueta comenzó a aproximarse hacia mí, el terror estremeció hasta mí ultima vértebra. Empuñe el piolet con fines definitivamente defensivos, era yo contra algo totalmente desconocido. Este volumen se aproximó a mí hasta el punto de poder muy delicadamente tomar mi arma y ponerla a un lado sin que yo pudiese hacer absolutamente nada, me encontraba paralizado dándome ya por muerto.

De un momento a otro y sin poder dar crédito a lo que me ocurría, comencé a dejar de sentir temor, mas bien experimentaba una sospechosa tranquilidad; sin querer comencé a llorar, me sentía como un niño perdido que por fin encontraba a su madre luego de una angustiosa búsqueda, estaba perplejo, asombrado por la situación y mis reacciones, definitivamente era algo insostenible.

Repentinamente y como salida de todas partes, escuche una deliciosa voz, esta me decía que dejara de temer porque ella también me amaba, con aquel amor que solo se experimenta en el vacío del interior, condenándonos a una búsqueda incesante; me dijo que realmente era una lastima que lo nuestro aun no se pudiese dar, pues cuando se esta en dos mundos paralelos, en diferentes espacios y tiempos la materia no es posible. Yo no comprendía en lo absoluto las afirmaciones que esta entidad me planteaba. Dijo además que lo que estaba ocurriendo en este preciso momento era un fenómeno único e irrepetible, era como dar la vuelta a una arista energética y percibir con el rabillo del ojo el otro plano contiguo. Yo instintivamente trate de salir corriendo, pero antes de que terminara de pensarlo, esta extraña silueta me tomo de la mano diciéndome que pronto nos volveríamos a ver, cuando me liberase de este mundo. Eso me sonó como a sentencia de muerte, súbitamente me soltó y se despidió diciéndome que la vida era tan solo un paréntesis en la eternidad al igual que la muerte, que eran tan solo cambios.

El desconocido volumen se aproximo nuevamente, se paro frente a mi estupefacta figura y con un suave movimiento retiro muy lentamente su capa, poco a poco fui descubriendo el rostro de mujer más hermoso que haya visto en mi vida, una cara perfectamente proporcionada, unos ojos negros y enormes, enmarcados por una negra y larga cabellera aprisionada por un par de trenzas que armaban un conjunto totalmente armónico que me observaba dulcemente. Mi búsqueda había terminado, comprendí cual era el misterio que encerraba la extraña mujer de la cafetería, hermoso misterio que estaba frente a mí. Entendí lo de las almas gemelas y sentí que en una búsqueda nunca se esta solo, porque mínimamente esta lo que se busca.

Esta mujer beso mi frente, dio media vuelta y desapareció velozmente como una luz que bajaba por las faldas de las montañas. El frío volvió y el viento comenzó a rugir incesante mente. Comencé a sentir el vacío más grande que haya tenido mi corazón y en lo único que pense fue en correr, correr tras esa luz. Corría sin importar las grietas y los peligros, cuando termino la nieve continúe corriendo y dando tumbos por húmedos arenales y paramos interminables, la sensación de abandono aprisionaba mi pecho, me resistía a aceptar la perdida.

Corrí lo que nunca había corrido, llegue a limites de resistencia que jamas había tocado. Cuando llegue a la ciudad el caos se apodero de mi mente, desarrapado y sucio mi alma y mi cuerpo entero se encontraban dando vueltas por el oscuro universo del azar y la desmotivacion, simplemente no existía brújula, el dolor que produce la desesperanza, el tedio que provoca la falta de un propósito se adueñaron de mi corazón. Cada vez era peor, el túnel sé hacia más oscuro. Todo parecía detenerse en el tiempo llenándolo de tedio y rutina. Lo gris predominaba de nuevo.

El dolor cada vez dolía mas, solo sabia que tenia que correr y correr cada vez más rápido, era la única forma de escapar de aquello y alcanzarla. Entre mas corría mis fuerzas mas se agotaban, los objetivos de mi vida se veían cada vez mas difusos, entre mas corría mas me fastidiaba la gente, mas me fastidiaba esa brea negra que envolvía el ambiente.

Corría, Corría tanto que mi corazón empezó a doler y mis piernas no me sostuvieron más. Caí al suelo y una vez en el piso comencé a arrastrarme, me arrastraba por los charcos y el lodo pero jamas debía quedarme quieto; la quietud era lo que mataba, lo que más dolía.

Llegó un punto en que ya ni fuerzas tenia para moverme, pero seguía moviendo los ojos en pos del objetivo, los ojos no pudieron mantenerse abiertos por mas tiempo, así que lo único que restaba era mover la mente proyectando e imaginando la búsqueda, el encuentro, mi mente se movía saltando en el tiempo, habían momentos de nostalgia y otros acuciosos, pero todo era un movimiento en el tiempo mental. La mente comenzó a nublarse y el pensamiento dejo de funcionar, el dolor se apodero de mi, solo se que fue tan intenso que me desdibuje en el y no supe nada mas.

Ignoro cuanto tiempo pudo haber pasado, creo que nunca lo sabré, de ahí en adelante todo fue oscuridad.

De pronto quietud, quietud consciente, aun no sentía el cuerpo, no me podía mover, era una inmovilidad deliciosa, reconfortante. Comencé a escuchar algunos pajarillos, se dejo sentir un aroma de mil flores, mi piel comenzó a despertar ante la suave caricia que me proporcionaba una tenue brisa fresca, mis ojos comenzaron a abrirse y pude ver un enorme árbol que se erguía majestuosamente a mi cabeza. Empece a sentir que mis recuerdos, tribulaciones y pesadeces se marchaban sin poder hacer nada por detenerlos, sin dejar rastro alguno, pues estos eran corporales y a estas alturas yo ya no necesitaba mi cuerpo, de esto me di cuenta cuando me vi tirado bajo un manojo de flores rojas a los pies de un enorme Sauce.
Dentro de mi mente, que ya no era corpórea, resonó melodiosamente aquella misteriosa voz … Ya llegaste, la búsqueda termino

CUANDO TOLKIEN TUVO RAZON

I. QUIEN ES QUIEN


Era un soleado día de octubre del año 2004. Todo transcurría normalmente en la Universidad Javeriana, claustro universitario de la ciudad de Cali, enclavada en el sur occidente de un convulsionado país latinoamericano, en donde la diferencia entre buenos y malos era muy difusa. Una ciudad en la que a pesar de sus tribulaciones y por una extraña especie de acuerdo social, la vida de sus habitantes continuaba como si no pasara nada. Los oficinistas iban y venían de sus casas a sus lugares de trabajo, las amas de casa fuera de encargarse del hogar, buscaban innumerables formas de generar ingresos adicionales, y los jóvenes marchaban a sus escuelas y universidades en una extraña calma.

Rodrigo, era un hombre de baja estatura y delgado, laboraba en la universidad en proyectos de suma importancia para las agendas de políticas públicas, que la institución sostenía con otras organizaciones. Redactaba innumerables documentos que en las noches se le traspapelaban con partituras e instrumentos de percusión. Se acostaba a altas horas de la noche debatiéndose entre su trabajo y su verdadera vocación. En ocasiones se sorprendía mirando al oeste experimentado una nostalgia que no podía comprender. Mitigaba siempre este sentimiento con un cigarro que se llevaba a la boca mientras pronunciaba siempre la misma palabra, ¡que hijueputa!, sumergiéndose en su ordenador y disipando toda magia que se le pudiera escapar.

Una característica personal de Rodrigo era su gran pasión por las mujeres, siempre que veía a una que medianamente le llamase la atención, decía que ese era su tipo y se entregaba en una intestina lucha por la conquista de la mujer amada, pero siempre que lograba su cometido, se aburría muy pronto y la dejaba, experimentando una gran soledad y un vació que solo podría llenar su mujer ideal. Después de un tiempo se sentaba a mirar al oeste.

Quique era un reconocido director de teatro de la ciudad, algo polémico por su estilo teatral, pero su gremio le respetaba por su buen juicio y su crítica siempre acertada, la cual acudía en auxilio de su compañía en los momentos más acuciosos.

Él era un excelente relacionista público lo que le facilitaba desenvolverse con mucha propiedad en muchos círculos sociales de la región. Daba clases de literatura dramática en la universidad y en las mañanas escribía innumerables guiones los cuales iba abandonando mientras se debatía entre su espíritu totalmente racional y una pulsión mágica que lo turbaba a medida que se aproximaba el medio día y que disipaba sirviéndose una taza de café y encendiendo un cigarro mientras exclamaba siempre la misma expresión, ¡Ah!, y se sentaba en el borde de la ventana de su casa mirando al este.

Andrés era un hombre de mediana estatura y algo corpulento. A pesar de su formación de administrador de empresas, ejercía su diario vivir como director del sector Cultural de la universidad. No era muy sociable, pero su buen ejercicio de la diplomacia le permitía abrir puertas importantes para el buen desarrollo de su gestión.

Pasaba sus días formulando proyectos y planes de acción para lograr promover la cultura en la institución, pero… siempre se sorprendía en las remembranzas de viejas aventuras en los lugares más extremos del país y en una ya vieja evocación de un gran amor pasado, sentimientos que difuminaba con un cigarro mientras se sentaba a orillas de un pequeño lago del campus universitario mirando hacia el sur.

El café de la universidad estaba a orillas de un pequeño estanco, en donde al medio día confluían un gran numero de personas para tomar el descanso después de almorzar. Un lugar alegre y colorido, en donde se sostenían todo tipo de conversaciones, ya fueran académicas, existenciales o frívolas, cargadas de la energía que solo pueden impeler las mil circunstancias sociales que se dan en un espacio universitario.

Un día Rodrigo, Quique y Andrés se encontraron en el café y juntos se fueron a la barra a tomarse un tinto y a fumarse un cigarro, los tres sostenían una ligera conversación sobre el último juego de risk que por una dudosa jugada había ganado Rodrigo..

De repente Rodrigo se puso nervioso al detectar la presencia de una estudiante que al parecer era de su tipo. Esta mujer era de mediana estatura, de tez blanca y cabello negro. Sus verdes ojos hacían un extraño juego con una pequeña candonga de plata que pendía de su boca en el labio inferior. Los tres amigos la miraron y Andrés exclamo, ¡ah! si, la mujer de juguete, esta descripción se debía a su forma de vestir, aparentaba ser una muñeca de Fisher Price, su grupo de amigos eran todos pequeños y pos adolescentes, dando la sensación de ser su corte de pretendientes.

La mujer desbordó una mirada sobre los tres amigos y Rodrigo casi pareció morir, sus mejillas se colorearon y una especie de exaltación pareció poseerlo. Quique y Andrés convulsionaron al tratar de retener sus risas y explotaron en una carcajada que irrumpió la cotidianidad del lugar. Esta manifestación de nerviosa alegría fue correspondida por una fugaz mirada que la mujer dejo escapar sobre ellos.

A la hora de reanudar el trabajo cada uno discurrió a su normal devenir.

Dos días después, Rodrigo tocaba la percusión en la clase de danza contemporánea, su espacio de relax, en donde se deleitaba durante tres días a la semana con los esculturales cuerpos de las bailarinas, agraciados por sus armónicos movimientos, dejándolo en un largo trance del que escapaba cuando era interrumpido por el profesor o por alguno de sus solidarios amigos quienes llegaban a compartir su estado onírico.


II. LA IRRUPCION


Quique, Andrés y Rodrigo se encontraban de nuevo en la barra del café en la tarde de un viernes donde la ebullición de estudiantes en pos de la concreción de algún plan nocturno se daba con mayor intensidad en ese lugar. En los diferentes corrillos se escuchaban las voces de cotidianas temáticas “en donde será la rumba esta noche”, “será que le gusto”, ”creo que esa vieja me pone cuidado”, en fin, mil historias inherentes a una población joven con ganas de vivir.

Los ñoños, apelativo con el que se autodenominaban nuestros tres amigos, como una forma de aceptar la condición humana y permitirse la posibilidad de hacer el ridículo riéndose de si mismos, se dedicaban a analizar, en forma jocosa las diferentes dinámicas estudiantiles que se daban. Rodrigo se puso por un momento a molestar a Angelita, una de las dueñas del Café, imitando sus gestos con una actitud ñoña, mientras tanto Andrés y Quique se divertían con sus payasadas. La torpeza intelectualizada y justificada con la evidencia del humor era un acto de profesionales.

Quique tomo una gran bocanada de humo de su cigarrillo y exhalando pequeños círculos, dejo escapar su mirada a la orilla opuesta del pequeño lago. En su rostro se dibujo fugazmente una expresión de extrañeza, reafirmada nuevamente unos segundos después. Luego su mirada se entrego a una extraña contemplación en el vacío. Rodrigo y Andrés dentro de las burlas fueron poco a poco cayendo en cuenta de que algo pasaba. Rodrigo como sin querer volteo su mirada a la entrada del café y repitiendo los mismos gestos de Quique, entro en el mismo estado. Andrés asumiendo que era una broma ñoña, inhalo profundamente mirando hacia lo alto, entrando repentinamente en ese mismo estado. Algunos segundos pasaron en donde para ellos el entorno dejo de existir, súbitamente se miraron y al unísono se dijeron, ¡la viste!...
si, ¿a quien? la del lago,
no la del la entrada,
no la del segundo piso.

…. Estallaron en una sola carcajada nerviosa, mientras el Café fue entrando poco a poco en un sospechoso y relativo silencio.

Por la entrada del lago había irrumpido una preciosa dama, alta, esbelta y de rostro armónico y profundo, vestía un largo traje blanco, liviano, como de seda, que permitía disfrutar de sus movimientos agraciados pero firmes. Su mirada era directa y penetrante, sus ojos azules tenían la capacidad de desnudar el alma de cualquier mortal.

Al mismo tiempo por la entrada principal del Café, había llegado otra mujer, un poco más baja, pero igualmente bella, de figura esbelta, cabello rubio y ojos verdes. Tenía un traje largo, blanco con algunos encajes de color habano que como una enredadera subían del ruedo de su falda hasta los hombros. Dos delgadas trenzas atrapaban su cabello dorado en la parte posterior de se su cabeza. Su mirada era dulce y calida, su sonrisa tenía la virtud de aquietar el espíritu de cualquier mortal.

De las escaleras que de un segundo piso bajan al café, entro la tercera mujer, su piel blanca y las finas facciones de su rostro, eran como un lienzo en donde en forma magistral habían dibujado unos enorme ojos azules y unos muy rojos labios perfectamente formados, enmarcándose este conjunto en una larga cabellera negra brillante, en la cual se entreveraban algunas muy delgadas trenzas sujetadas por pequeños hilos de plata. Su figura era fuerte, esbelta y delicada, su voz y gestualidad tenían la facultad de enamorar y encantar hasta el más parco de los mortales.

El café entró en su dinámica habitual, solo que los murmullos y miradas furtivas sobre estas tres mujeres fueron constantes.

Pablo, una amigo cercano de los ñoños, se acerco y les hizo caer en cuenta de algo, estas tres mujeres eran como sacadas de una historia de Tolken, los tres las observaron y reconocieron la anotación de Pablo, pero con una actitud de saturación, exclamaron, ¡Ah!... si preciosas, pero tampoco, ¡joder!, tanto revuelo, dieron media vuelta y continuaron muy normalmente tomándose sus respectivos cafés, aunque… no podían disimular del todo una inexplicable sensación de inquietud.

Estas mujeres eran el centro de atracción, llegando a poner en peligro a más de un noviazgo a causa de los celos, que en la mujer caleña rayan en lo histérico. Cruzaron el café en medio de miradas, expresiones de admiración y los mejores esfuerzos de algunos hombres muy narcisos que mediante poses y miradas exóticas pretendían capturar la atención de estas tres deidades.

Con mucha gracia e indiferencia, como guiadas tan solo por su intuición, atravesaron el Café en dirección de a la barra, mientras todo el mundo observaba disimuladamente.

Fisher, la extraña niña-mujer, desde una esquina observaba muy detenidamente la situación, sin entender del todo el porque estas tres mujeres le cautivaban tanto. Esforzándose por concentrar su atención en medio de un sin numero de inmaduros comentarios que su corte en medio de una gran excitación hacían, vio como estos tres personajes se situaban tras de cada uno de los ñoños, La mujer de ojos penetrantes tras de Quique, la de sonrisa cautivadora tras Rodrigo y la mujer de agraciados gestos tras Andrés.

Quique, Rodrigo y Andrés, sin voltear a mirar, comenzaron a experimentar una sensación de de vacuidad, como si el entorno cobrase mas presencia, fuera mas real, como si una bruma se desvaneciera, como si un telón comenzase a poner en escena al entendimiento. Sintieron un suave toque de brisa en sus hombros y girando lentamente quedaron frente a frente ante estas extrañas presencias.

Mirándoles fijamente a los ojos, los tomaron delicadamente por el brazo y se dirigieron a la parte posterior del lago, en medio de unos tupidos guaduales que atesoraban el pequeño manantial que surtía al estanque. Los tres amigos, estupefactos, sin saber exactamente que ocurría, las siguieron y formaron un círculo en donde se intercalaban ellas con ellos, dándose inicio a un curioso juego de miradas. Pequeños y tímidos vistazos de algunos curiosos se dejaban sentir por los filos de las paredes del distante del Café.

La mujer de ojos penetrantes fijo su mirada en Quique, cuando este fue a fijar la de el en ella, esta la oriento a la mujer de sonrisa dulce, y a su vez ella fijo su mirada en Rodrigo, Cuando este fue a fijarla en ella, esta la oriento a la mujer de agraciados movimientos, la cual seguidamente fijo su mirada en Andrés, quien cuando trato de fijar su mirada en esta, ella la oriento a la mujer de mirada firme, y así sucesivamente durante algún tiempo, hasta que los tres compañeros comenzaron a sentir las reacciones en forma global, sin fijar la visión en un punto especifico, era como si todo el cuerpo fuese un gran órgano de percepción.

Repentinamente, escucharon voces, las cuales cada vez se hacían más perceptibles. Las mujeres tenían fijada ahora sus miradas en la corriente del pequeño arroyo y extrañamente las voces salían de este, estas mujeres hababan a través del agua. Pronto sus miradas se fijaron en el manantial y se inicio una explicación totalmente traída de los cabellos.

La mujer de la mirada firme, nos califico como seres especiales, Andrés fijo su mirada sobre esta mujer quien sin necesidad de modular palabra alguna se lo reafirmo. La mujer de mirada firme le dijo, si, ustedes son especiales, los últimos, nos costo mucho encontrarlos, pero la convergencia nos obligo a apresurar el encuentro. Especiales… ¿Por qué? pregunto silenciosamente Andrés, y su pregunta fue contestada con un “todo a su debido tiempo”. Su cara se transfiguro y expreso: esto es muy loco. Me siento como salido de un sueño, no volveré a tocar en mi vida un libro de ciencia ficción. Los otros dos amigos no podían ocultar su perplejidad. Y… entonces, dijo Andrés: si somos especiales y llevan mucho tiempo buscándonos, es por que se pretende algo. La mujer de cabello negro respondió: depende del plano. Con voz suave y melodiosa dijo: el paralelismo existe.

Esa palabra confundió tanto a los tres amigos que por un instante el pequeño manantial dejo escapar un sonido gutural y fluyo por un momento en sentido contrario. La conexión telepática termino.

Las mujeres rompieron el círculo y se ubicaron al otro lado de la quebrada. En adelante, la conversación continuo directamente a través de la voz de cada quien. Si dijo la mujer de cabello negro, el paralelismo existe y una convergencia se aproxima. Esto quiere decir, que sus edades pasan ya los 15.000 años, ustedes son producto de la tercera edad. Una sonrisa de incredulidad y sensación geriátrica broto de los tres amigos. Las mujeres se vieron entre si, la dama de la calida sonrisa dijo dulcemente, entendemos, pero es verdad. Mucha literatura escrita no es creación de sus autores, es bueno que leas ficción le dijo esta mujer a Andrés. Son muchas las personas que logran percibir y mas que eso traspasa a otros planos paralelos, a pesar de las advertencias que se les hacen, no pueden esperar y escriben sus grandes obras, por efecto de estas lecturas no es extraño que lo mágico cale tanto en los hombres de esta época, pues ellos ya perdieron esta capacidad pero en el fondo la añoran y sienten constantemente su vacío.

La mujer de mirada firme irrumpió diciendo, no hay mas tiempo que perder, se produjo un des balance y ustedes son parte de esto, Dudó y mascullando palabras dejo escapar nostálgicamente un… ¡ella!.

La mujer de cabello negro hablo de un lugar en donde dicha convergencia empezaría a ocurrir. Ha y un vórtice en una gran montaña situada al norte de lo que ustedes llaman Suramérica. Esta zona, aunque les cueste trabajo creerlo… miro detenidamente concluyendo con un tono algo perverso … tiene que ver con la palabra destino.

Mmm… norte de Suramérica, cumbre nevada… exclamo Quique en actitud reflexiva, no puede ser otra cosa que la sierra nevada de Santa Marta. Si, dijo la mujer de cabello negro, creo que así le llaman, el hecho es que su presencia en ese lugar es importante, ya están ocurriendo cosas extrañas, tanta violencia y tanta muerte en esa zona… es efecto de este fenómeno, es la aproximación de la nueva oscuridad, y si la convergencia no se evita, este plano también caerá bajo este manto. Ya en el nuestro la guerra se ha desatado, nuestra raza muere, no permitan que les ocurra lo mismo.



III. DURAS DESICIONES


Los tres retornaron al Café luego de despedirse de estas tres mujeres, el mundo cobro nuevamente su opacidad y todo volvió a ser tan normal…

Los tres se sentaron en la barra en un profundo silencio y así trascurrieron quince largos minutos. Se levantaron y se marcho cada cual a su lugar de trabajo, en una evidente actitud de extrañeza y una definitiva postura de negación de los sucesos.

La tarde transcurrió inquieta para los tres. Quique luego de terminar su clase, se dirigió a la oficina de Andrés, encontrándolo totalmente ido mirando por una ventana, le llamo y con un profundo suspiro volteo a verlo. Hola le respondió. Todo bien, respondió Quique. Ah… bien dijo Andrés, y… todo bien pregunto seguidamente. Si, todo bien, dijo Quique. Rodrigo apareció por la puerta de la oficina con cara meditativa. Todo bien, pregunto. Ambos respondieron, si, todo bien. Mmm… ya, que bueno respondió Rodrigo. Ya salen, pregunto. Si, ya es hora, la jornada ya caduca, respondió Quique. Andrés pregunto: una cerveza, mientras organizaba sus cosas dentro de un morral azul. Indudablemente contestó Quique. Si rico, afirmo Rodrigo, pero no tengo ni un zumbador en la bolsa. Andrés y Quique se miraron y luego voltearon a mirar a Rodrigo diciéndole: fresco, hay hacemos vaca. Se levantaron y tomaron rumbo al parqueadero.

En el camino se encontraron a John Alex, el director del grupo de teatro de la universidad. Entonces que, pregunto, hay cupo en el transtomate. Si respondió Rodrigo, pero cobro lo del bus. Maldito usurero contesto Jhon en tono burlesco, esta bien. Los cuatro abordaron un pequeño carro rojo. En el puesto del conductor estaba Rodrigo, en el puesto del copiloto estaba John y en la parte trasera se ubicaron Andrés y Quique.

En un principio el trayecto transcurrió en silencio, hasta que Rodrigo puso a sonar un casete de Pearl Jam. De pronto John muy jocosamente exclamo: Aguanta Stereo seguido de un silbido emulando una muy tradicional cortina musical que colocaban los locutores locales de fútbol, dándose inicio a un monologo radial: Aquí transmitiendo desde esta cochina ciudad en donde no pasa nada, y el tema de hoy es que nos trae el transporte publico. Los otros tres amigos explotaron de la risa, iniciándose un set elocutivo, consistente en comentar como narradores de fútbol el aspecto de cuanta mujer pasaba en los automóviles de al lado. En un semáforo paro un auto, era conducido por un hombre muy anciano, mereciéndose el muy burlesco comentario: si señores, dijo John, aquí tenemos un hombre que si no se apura lo dejaran por fuera del geriátrico y las señoras ancianas se quedaran muy tristes y los buitres muy contentos. El resto del trayecto transcurrió entre risas y comentarios de la peor calaña.

Llegaron a la Gruta, una vieja taberna frecuentada por jóvenes catalogados como alternativos. Se ubicaron en unas sillas a las afueras del establecimiento. Los punks estaban sentados en un pequeño teatrino callejero, chequeando con sus perdidas miradas el devenir de los transeúntes. Los jivaros abordaban cuanto carro se estacionaba ofreciendo siempre algo para pasar la noche. Los cuatro amigos pidieron cada uno una cerveza y entablaron una serie de conversaciones de la cotidianidad y del trabajo. Fueron muy frecuentes los silencios en donde John quedaba como hablándole a las paredes, pues la mente de los otros tres definitivamente no se encontraba en esa mesa.

A eso de las nueve de la noche, John algo cansado de la dinámica, se despidió argumentando que su esposa lo esperaba con una suculenta comida, respondiendo Rodrigo con un doble sentido magistral, bueno nos hablamos, que cenen y después coman como Dios manda. John Volteo su rostro, con cara un poco molesta, un poco alarmada, un poco prevenida, los miro por un corto rato, luego los tres en la mesa comenzaron a inquietarse, temiendo haber causado una ofensa involuntaria. La tensión bajo con una gran carcajada de John, señalándolos como evidenciando su engaño, y mientras reía dejo escapar una frase que les helo a los tres sin saber por que, pero cada cual en su silencio la elaboro, el estado de negación era persistente: Las palabras decían una cosa pero las expresiones decían otra, era una sensación de total ambigüedad. Cuando John se despidió les dijo a los tres: no tomen a la ligera el destino, se volteo y les recomendó recordar los anillos, luego exploto en una contagiosa carcajada y se despidió con su mano en alto.

Luego de un prolongado y pesado silencio, Rodrigo, Andrés y Quique se despidieron y cada cual se fue para su casa.

Quique llego a la portería del apartamento de su madre, miro para arriba y sacando las llaves se dispuso a entrar. Una vez en su interior, recordó que su madre se había ido a una finca de paseo, por lo que se encontraba solo. Saco un cigarrillo y prendió el televisor, luego de pasar algunos canales se topo con el partido de la Selección Colombia contra Argentina, se paro rápidamente y saco una cerveza del refrigerador, entregándose placidamente a ver el encuentro.

Rodrigo, no queriendo llegar tan pronto a su casa se fue solo a la Tertulia a sentarse en uno de sus muros a ver pasar gente.

Andrés llego a su aparta estudio, saco una coca cola de la nevera, puso algo de música Celta y se entrego a la nostalgia de su gran viejo amor, sentimiento que siempre lo asaltaba una vez cerraba la puerta de su casa.

Cuando el partido finalizo, Quique se dispuso a acostarse, se cepillo los dientes y mientras lo hacia un extraño temor lo poseyó, no sabia que era, pero lo incomodaba. Rondo la casa y luego se dirigió a su habitación, Un hecho insólito lo sacó de sus pensamientos, al ver como todo estaba cambiado de lugar. Con los pelos de punta, se quedo parado en la puerta y dijo: mmm… mi madre, no cambia, nunca me consulta sus intenciones, dio la vuelta y fue a la cocina por un vaso de agua, cuando llego de nuevo a su habitación, esta sin ninguna explicación había cambiado su orden nuevamente. ¡Mierda! exclamo, que es esta ¡mierda! volvió a exclamar y con una actitud muy neurótica comenzó a organizar su habitación como a el le gustaba, situándose en una esquina a esperar a ver que era lo que ocurría, necesitaba algo racional de que aferrarse.

Pasada media hora de estar a la expectativa, le dieron ganas de ir al baño, mientras orinaba no hacia sino exclamar mil mierdas. Cuando llego nuevamente a su habitación, encontró todo acomodado tal cual como el la había dejado, pero… en el techo. ¡Hijo de putas! Que me habré fumado, que es esto. De pronto, como salido de la nada surgió de una esquina un anillo, rodó metálicamente por el suelo hasta llegar a sus pies. Se quedo viéndolo por un instante, lo levanto y distinguió inscritas en su superficie unas runas grabadas en un lenguaje antiguo que no le fue del todo desconocido. De salto en salto, tomo su morral y con gran dificultad fue tomando del techo algunas mudas, cerro su maleta y se marcho cerrando fuertemente la puerta. Se escucho caer todo del techo con un gran estruendo. Paro como para voltear a mira, pero… no lo hizo y continúo su camino.

Rodrigo se encontraba en uno de los muros de la Tertulia fumándose un cigarrillo, cuando de pronto vio a una pequeña niña que corría hacia el y su madre la llamaba, ¡Salome!, la niña paraba y se devolvía. Nuevamente la niña corría hacia el y de nuevo su madre la llamaba ¡Salome!, la niña paraba un poco mas cerca de el y se devolvía. Nuevamente esta niña corría hacia el y su madre la llamaba ¡Salome!, esta paraba mas cerca de el y se devolvía. De nuevo esta niña corría hacia el hasta sentarse a su lado, la madre le volvía a llamar ¡Salome!, pero esta no hizo caso, así que su madre fue por ella, esta mujer era Maria Fernanda, una muy buena amiga de el. Se saludaron, cargo a la niña y se marcho. Rodrigo se quedo reflexionando sobre el suceso con la extraña sensación de que algo no cuadraba, ¡Claro!, si su mente no lo engañaba, salome había nacido hacia cuatro meses, como era posible que pudiera estar corriendo hacia el como una niña de tres.

De pronto la misma niña caminaba hacia el y su madre la llamo ¡Salome!, esta la volteo a mirar y sin hacer caso, se sentó a su lado, su madre fue hacia ella, la tomo de la mano, se saludaron, era de nuevo Maria Fernanda, dio la vuelta y se fue. De nuevo algo no cuadraba, pues Salome ya tenia algo así como ocho años. Rodrigo se quito sus gafas y se rasco la cabeza con una de las patas. De pronto vio como se aproximaba una muy bella mujer cuya edad fluctuaba entre los 16 y 18 años. Era una mujer morena de cabello largo y grandes ojos negros. Escucho que alguien le llamaba ¡Salome!, ella giraba su cabeza y decía, ya voy, vio unos metros tras de ella a Maria Fernanda con su marido Marco, no los distinguía muy bien, pues algo extraño tenían sus facciones, se coloco sus gafas y los vio bástate mayores, aparentaban tener ya mas de cuarenta años. Exclamo, ¡Joder!, esto esta muy loco. Miro su cuerpo, tanteo su cabello y su rostro, percatándose que definitivamente el continuaba en los veintinueve. Sacudió su cabeza y tomándola entre sus manos, refregó fuertemente sus ojos y levanto su mirada de nuevo. La joven se encontraba sentada a su lado, miro sospechosamente su cigarro que inmediatamente después dejo caer de su mano.

Esta mujer saco de una mochila guayu un pequeño objeto y estirando la mano se lo entrego, viéndole directamente a sus ojos, le dijo con una firme expresión que ya era hora. Se paro y se marcho con sus padres, quedando Rodrigo absolutamente solo en el lugar. Ya eran las doce de la noche y el continuaba estupefacto en el muro. Recordó el objeto, lo desenvolvió de una fina tela blanca y encontró un pequeño anillo de oro, este tenia inscritas unas extrañas runas antiguas en su superficie, al verlas le dispararon un extraño sentimiento que no podía comprender.

Se paro lentamente, se subió en su auto y se dirigió a su casa. Entro a su habitación y sin saber por que lo hacia, comenzó a empacar algunas mudas en su morral. Cuando se disponía a salir de su casa, vio a su madre sentada en un sillón de la sala, viéndole con una mirada triste, como si ella supiese todo lo que él no sabia, como si un momento largamente esperado mas no deseado hubiese llegado. Se miraron y con un leve movimiento de cabeza se despidieron.

Mientras tanto Andrés se encontraba acostado en su hamaca escuchando su música, de pronto el recuerdo de Katy se posesiono de el en una forma tan fuerte, que muchas lágrimas brotaron de sus ojos, repentinamente se vio en un recuerdo, un viejo recuerdo, se vio viviendo en una historia que le había escrito hacia ya un largo tiempo, cuando el infierno de la separación lo agobiaba. El fragmento en el que quedo cautivo fue el inicial:

Despertó una mañana en la casa de campo frente al lago. El día estaba nublado y su corazón amaneció pensando en ella, como todos los días desde aquel día.

Se descubrió las sabanas y Salio al prado, sus pies descalzos se posaron sobre un suave roció que le permitió escuchar la voz de los árboles y percibir la tristeza de las grandes montañas cuando un amor es tirado a los remolinos de la historia del viento.

Brego, su viejo perro, quien se había constituido en su única compañía, se sentó a su lado y con una mirada de soslayo se tumbo a sus pies. Lo acaricio y salieron juntos a dar su habitual paseo alrededor del lago.

El olor de tierra fresca y de árboles humedecidos flotaba por el aire como aves invisibles que dejan escuchar su profundo canto. El recorrido trascurrió en un dulce silencio, interrumpido ocasionalmente por la dama del viento que se deslizaba suavemente desde los enormes farallones y se agitaba en el lago entre dos pequeños muelles de madera que se enfrentaban a cada lado de aquel cadente cuerpo de agua.

Llegaron al muelle sur y se sentó junto a su fiel amigo a observa su pequeño hogar, que se encontraba enclavado en la montaña, en medio de un exuberante bosque de eucaliptos en los cuales la niebla jugueteaba lentamente. Inhalando el fresco aire de las hadas, se dispusieron a terminar su trayecto. Brego corría tras las mariposas, deteniéndose ocasionalmente a olfatear los árboles como buscando algo, luego se tranquilizaba y se despedía raudamente tras algún palo que el le lanzaba delante del camino.

Una vez en el muelle norte con su casa a las espaldas, una borrasca de tristeza invadió su corazón y la lluvia de la evocación se dejo caer en su alma. Se paro un largo rato en la punta del embarcadero viendo como la bruma hacia translucida la imagen del muelle opuesto, al punto de parecer una sombra sobre aquella acuosa tranquilidad.

Tímidamente la niebla se abrió y pudo ver a una mujer vestida de blanco sentada en el embarcadero de enfrente, estaba sentada en la punta columpiando sus piernas sobre el agua con su mirada enclavada en la profundidad. Suavemente levanto su cabeza y se quedo viéndole durante un rato, su cuerpo fue atravesado por una flecha helada, se subió en un viejo kayak que se encontraba amarrado en una de las barandas y empezó a remar en dirección a ella, se abría paso en medio de una delgada bruma, Brego tomo su lugar en la punta del bote. Cuando llego a su destino, se quedo viéndola impávidamente, ella con sus ojos aguados trato de decirle algo, pero cruzando su boca con el dedo índice, le extendió la mano y la invito a subir a la embarcación.

Cruzaron el lago en un silencio total. Una vez en el embarcadero, tomándola suavemente por su brazo, bajaron, se miraron a los ojos y se fueron caminado silente mente a la casa, traspasaron la puerta, la chimenea estaba encendida. Lentamente cruzaron la sala hasta llegar a la habitación, rodearon la cama y se dirigimos a una pequeña puerta que se encontraba al fondo del aposento, esta guardaba unas escaleras de madera burda que conducían a un altillo. En el techo de este había un vitral en forma de sol, de fondo azul pálido y amarillo que inundaban aquel lugar de una atmósfera mística y calida. El suelo del altillo estaba cubierto por una mullida alfombra y un si numero de cojines blancos, convirtiendo todo, suelo, paredes y cojines en un lienzo que día a día el sol pintaba con las acuarelas de los vidrios.

Con su mirada invito a esta mujer salida de la mas bella historia élfica a acostarse, ella se poso sobre la alfombra abrazando un suave almohadón de plumas, tumbándose junto a ella la abraso por su espalda y juntos comenzaron a llorar. Lloraron en silencio, desde el corazón, hasta que el alma dejo cuartear su caparazón de tiempo, hasta que la bruma del dolor se levanto.

Cayeron en un largo y profundo sueño. Cuando despertaron se vieron con una mirada de amor maduro, de amor sereno y profundo. Tomando una bocanada de aire, que olía a ella, se sentó a su lado, diciéndole pausadamente, firme pero delicadamente… todo fue un sueño, un largo sueño y la beso.

Evocando aquella historia, escucho el caer de una gota, que poco a poco fue ganado cada vez más su atención. A pesar de que aquel sonido era como el de una gota, guardaba en su interior un componente metálico. Se paro pesadamente de la hamaca y comenzó a buscar el origen de aquel sonido. Por más que se esforzaba en ubicar su fuente, no podía dar con esta. Resignado, se sentó en el sofá. De pronto observo sus pies descalzos y vio como las dilataciones de las baldosas del piso se habían transformado en pequeños manantiales con su propio cause. Intrigado comenzó a seguir su corriente la cual lo condujo a una de las paredes de su aparta estudio, el pequeño cause subía como un delgado hilo de agua hasta llegar a un portarretratos en donde había una foto de Katy. Totalmente impactado se quedo contemplando esta imagen, hasta que fugazmente recordó que la mujer de su historia tenia algo colgado en su pecho que le había llamado fuertemente su atención. Ella tenía un sencillo anillo de oro. Comprendió que esta mujer había tratado de decirle algo lo cual el no entendió. Saliéndose del recuerdo comenzó a apreciar con mayor profundidad la foto y detallo que la imagen tenía el mismo anillo colgado en su pecho. De pronto la foto cobro movimiento, la mujer se quito el anillo y estirando su mano se lo entrego, luego tomo su posición y quietud original.

Tras un corto lapso de perplejidad, una sensación de entendimiento le invadió, su sufrimiento se fue y una extraña sensación de serenidad y de vacío le impulso a hacer un ligero equipaje. Apago las luces, cerró su puerta y haciendo una fuerte exhalación, quizás nostálgica, tomo su rumbo.







IV. UN LARGO VIAJE


Quique camino un largo rato por las solitarias calles de la ciudad. No sabía a donde iba, pero se dejaba llevar. Bajando por una ancha calle diviso al fondo la estación de buses, se detuvo y se quedo viéndola por un rato y se pregunto a si mismo si no seria un buen lugar para pasar lo que restaba de noche, así que tomo ruta y entro a la edificación. Subió al segundo piso, le dio una vuelta, paro en una panadería de apariencia arrabalera y se comió un pan y una gaseosa. Pago su cuenta y subió al tercer piso, le dio una vuelta y al pasar por la ventanilla de una empresa de buses, se le dispararon muchos recuerdos, recuerdos de viejos viajes, así que miro a su alrededor y divisando una banca, entendiendo que ese era un buen lugar para descansar.

Rodrigo salio pesadamente de la portería de su edificio, miro hacia la ventana de su habitación, descubriendo a su madre asomada en esta, levanto la mano para despedirse. Ella asintió con la cabeza y se entro. Camino hacia una esquina y sin querer detuvo un taxi. Cuando estuvo en su interior, el conductor, un hombre negro y gordo le pregunto por su destino. Rodrigo frente a esta pregunta, sonrió y susurrando por su destino, le dijo al taxista que le llevara a cualquier lugar en donde la palabra destino jugara un papel crucial, un buen papel. El conductor exploto de la risa y le dijo en un tono muy de los nativos de la costa pacifica: ¡Ooye! Conozco ese lugar. Rodrigo le dijo que no importaba, que lo llevara. Haciendo un cruce a la izquierda tomo una vía principal y luego de aproximadamente quince minutos se encontraban estacionados en la terminal. El chofer le dijo que en este lugar se había definido su destino, pues fue allí en donde sus padres le abandonaron y fue allí en donde conoció a su negra, su mujer, recién llegada del Valle de Upar, después de que la violencia del lugar la obligo a salir corriendo, perdiendo a todos sus seres queridos y dejando todas sus cosas en el olvido. El hombre se carcajeo y le dijo que era curioso como dos personas sin destino encontraban sus destinos en ellos mismos. Por ultimo le dijo que, siempre que se arrimara a la ventanilla de cualquier empresa de buses, con seguridad le preguntarían por su destino y que muy seguramente hasta le venderían uno y muy probablemente hasta llegaría a alguno.

Le pago al hombre, quien con una gran sonrisa se despidió. Pensando en la increíble metáfora que acababa de escuchar, entro a la estación y caminando lentamente subió al tercer piso, cuando se paro frente a las diferentes ventanillas donde vendían los tiquetes de buses, no pudo hacer más que reírse de ver la tremenda lista de destinos que se ofrecían.

Atiborrado de destinos, opto por buscar un lugar para descansar. Luego de escudriñar con su mirada diviso un buen sitio no tan concurrido, solo había una persona recostada contra una columna con la cabeza entre sus rodillas, lo percibió como poco peligroso, así que situándose en la pared de enfrente, la cual distaba unos cinco metros, se sentó a descansar. Relajadamente poso su cabeza en sus rodillas, cayendo en un liviano sueño.

Luego de un corto tiempo, un hombre muy gordo pasó en medio de los dos, llevaba los cordones de sus zapatos sueltos. Su gran peso hacia que su taconeo resonara fuertemente contra las paredes. Rodrigo intrigado miro de reojo al hombre. Este tenía unas enormes gafas y en el bolsillo de su camisa portaba una gran colección de lápices, lapiceros y borradores. Inmediatamente paso, este personaje pisó uno de sus cordones, trastabillando en una forma tan aparatosa, que fue a dar de bruces al suelo. Su caída sonó como una avalancha gigantesca de masa, de masa de lo que fuera, como cuando se deja caer una bolsa plástica llena de agua al piso, solo que esta era una como de 80 litros cúbicos. Rodrigo al ver el suceso y el consiguiente reguero de lápices, lapiceros, borradores y gafas, afloro de su vientre una ola de risa la cual contenía aparatosamente apretando sus labios contra los dientes. El hombre se incorporo rápidamente, con una velocidad directamente proporcional a su tamaño, recogió sus cosas torpemente y mirando para todos lados, se marcho raudamente.

Rodrigo por fin pudo liberar su risa y pensó en decir ¡que ñoño¡ y justo cuando lo iba a hacer, escucho en medio de una gran risotada la misma expresión, ¡QUE ÑOÑO!....Un silencio sacudió su interior. En el recinto continuaba escuchándose una persistente risotada que no podía contenerse, volteo a mirar y se encontró que el hombre de enfrente se revolcaba de la risa con sus manos en el estomago, al verlo, nuevamente su risa se libero y descubrió que ese hombre era Quique, quien en medio de su frenesí se percato que Rodrigo le miraba muerto de la risa también, se vieron en un segundo de silencio y cuando Quique le pregunto si había visto eso, ambos se pararon muertos de la risa y se dieron un gran abrazo, luego Rodrigo imito el suceso y ambos entraron en una convulsión totalmente hilarante que duro algo mas de media hora.

Después de aquel jocoso incidente, Quique le pregunto a Rodrigo el porque de su presencia, seguida de la misma pregunta por parte de Rodrigo. En silencio se sentaron de nuevo y durante un largo rato se pusieron al tanto de sus irreales acontecimientos y concluyeron su destino, sabían a donde tenían que ir, así el porque no fuese muy claro.

Rodrigo, como tratando de reafirmar el destino al que ambos tácitamente se referían, pregunto si definitivamente era la Sierra Nevada de Santa Marta, Quique viéndolo como a alguien que pregunta lo obvio, le respondió afirmativamente, abriendo sus manos y exclamando: ¡pues claro!. Quique dijo que debían tomar un bus a Medellín, pues no había viajes directos hasta Santa Marta. Bueno, exclamo Rodrigo, pues hagámosle.

Ambos se dirigieron a la ventanilla de una de las numerosas empresas de buses y compraron cada cual su respectivo tiquete, Les toco apresurarse, pues el primer bus del día estaba a punto de salir. Subieron afanadamente a un bus algo viejo y medio vacío y se acomodaron en un par de asientos al costado derecho de este.

En silencio atravesaron la ciudad y tomaron una gran autopista ancha llamada la Recta Palmira. El bus se desplazaba no a mucha velocidad, dándole motivo a Rodrigo de expresar su incomodidad por lo largo que se tornaría el viaje de continuar así, luego de comentar algunas cosas sin importancia ambos se quedaron dormidos.

Los dos despertaron al sentir que el bus se detenía y al escuchar un sin numero de voces ofreciendo una gran variedad de comestibles. Pan de bonos, obleas, empanadas y mamoncillos hacían parte del menú. Se pararon y estiraron un poco sus cuerpos entumecidos, percatándose que ya se encontraban en el Eje Cafetero, mas exactamente en Armenia. Hacia algo de calor, Quique se compro una botella de agua y un paquete de Boston, sus cigarrillos preferidos, bajaron del bus a fumar un rato y se pusieron a hablar del tan negado tema. Eran concientes de los sucesos ocurridos, pero no podían entender del todo su causa, el motivo ulterior contenido en los últimos acontecimientos. Como podría ser esto del des balance se preguntaba Rodrigo, como puede materializarse una ficción en realidad, comentaba Quique, por que ellos, se preguntaban ambos. De pronto, Quique cayo en cuenta de un gran detalle, si de equilibrios se trataba, y fueron tres mujeres que plantearon una misión a tres hombres, entonces, no debería estar Andrés con ellos.

¡Mierda! Exclamo Rodrigo, que ñoños, se pregunto si el también habría vivido sucesos tan extraños como los de ellos. Se quedaron en silencio un rato cuando Rodrigo alarmado dijo: ese bus que esta arrancando no es el nuestro. Quique dio un repentino giro, tumbando su botella de agua y echándosela sobre su pantalón, justo en la zona pélvica, quedando con una apariencia de total incontinente. Rodrigo no reparo en ello y tomándole del brazo salieron a correr tras el vehículo. El cuadro era patético: Quique corría con las piernas abiertas, con una leve cojera, producto de ya un viejo accidente, mientras con su mano derecha tomaba su bragueta tratando de secar lo insecable, por su parte Rodrigo le gritaba en forma histérica al chofer del bus que se detuviera, no detectando un gran ladrillo que se cruzaba en su trayectoria. El resultado fue de esperarse, Rodrigo tropezó y callo junto con Quique en medio de una gran polvareda. Cuando se disponían en forma resignada a levantarse, sintieron como un gran vehículo en reversa se hacia a su lado, mirando hacia arriba, vieron su bus y unas personas que se asomaban por sus ventanas atacada de la risa, cuando volvieron sus miradas a los establecimientos aledaños a la carretera, solo se escuchaban risas. Un grupo de niños se arrimo a ellos y no hacían más que señalarlos y reírse. Torpemente se incorporaron, Quique giro a los negocios e hizo una venia seguida de una despedida con su mano derecha. Subieron al bus y mientras se desplazaban por el pasillo detectaban una atmósfera tensionantemente hilarante y muchas miradas que de reojo se posaban sobre la cremallera del pantalón mojado. Al ver que ocurría, vieron como la humedad, junto con el polvo del camino habían hecho una gran mancha color caqui, de apariencia algo coprológica. En actitud complaciente, volvieron a sus puestos.

El viaje transcurrió entre silencios y livianos sueños, hasta que llegaron a Medellín, a la terminal del sur. Quique lo primero que hizo fue ir al baño y cambiarse de pantalones. Tomo su sucia prenda y procedió a lavarla en el lavamanos, Mientras tanto Rodrigo indago por la forma de llegar a la terminal del norte, de donde salían los buses con destino a Santa Marta.

Rodrigo le comento a Quique que debían tomar un taxi, pues era la forma más rápida y segura de llegar. Saliendo tranquilamente de la terminal, tomaron un taxi y se dirigieron a la terminal del norte, ambos se encontraban en un estado de ánimo expectante, una sensación de incertidumbre que los sumía en un profundo silencio.

Una vez en la terminal del norte, se dispusieron a ubicar la ventanilla en donde podrían comprar el tiquete para Santa Marta, revisados sus fondos, llegaron a la conclusión de que no había mucho de donde escoger, sin lugar a dudas debería ser el mas económico. Hecha la selección, debían esperar una hora para que saliera el bus, eran ya las tres de la tarde y el hambre los acosaba.

Se dispusieron a buscar un lugar en el cual almorzar, que por supuesto no fuese tan costoso, dentro de las posibilidades de churrascos, bandeja paisa y pollos asados, fue la ultima opción la que gano, entraron al Pollo Pisador, se sentaron en una mesa y pidieron un pollo, mientras escuchaban las noticias nacionales en un viejo televisor que colgaba de la pared.

Se escucho un reportaje en donde se comentaba que en la Sierra Nevada De santa Marta, los índices de violencia habían aumentado, pero los autores no eran claros. En esta región desde hacia ya un largo tiempo tres tribus de hombres venían sosteniendo crueles combates, las bajas no eran precisamente y mayoritariamente de cada uno de los bandos, si no de la población común, en su mayoría agricultores y pastores que quedaban atrapados en medio de sus crueles luchas.

Esas noticias ya eran comunes, por absurdo que pareciera, lo que llamo la atención fue que en este reporte, no había muertos de la población común, sino de los tres grupos, en números exactamente iguales, cinco de cada bando. Pero lo que mas les llamo la atención, fue la forma en que murieron, no se habían presentado torturas ni disparos en la cabeza como era lo acostumbrado, todos murieron por flechas. Eso si era algo fuera de lo normal.

Embebidos en la noticia, no se percataron que alguien se había sentado tras ellos y con una voz muy reflexiva les dijo: no es gratis que nos encontremos en el Pollo Pisador, solo cambia el animal, pero ambos son pisadores. Rodrigo y Quique sorprendidos voltearon a mirar y se encontraron con Andrés, quien vestía de Jaenés, buzo negro y un mediano morral con sus cosas. Sorprendidos, se dieron un gran abrazo. Andrés se integro al almuerzo. Rodrigo le hizo caer en cuenta de que si se dirigían al mismo destino, tendría que ir a adquirir su tiquete, por supuesto, el más económico, le dio instrucciones y Andrés fue y compro su tiquete en el mismo bus.

Mientras comían, comentaban las noticias. Quique definitivamente se resistía a asociar los hechos con su subrreal misión, Andrés trataba de buscar afinidades entre los acontecimientos y la morfología de las flechas, no eran flechas comunes, estas eran gruesas, de madera y plumas negras, tenían una apariencia burda y hosca, algo en su cabeza tenia una explicación que no podía decantar. Rodrigo y Quique se vieron y no sabían que pensar, con actitud escéptica, eludieron el tema y abordaron otro igualmente intrigante, le preguntaron a Andrés por su viaje y el acontecimiento que lo desencadeno.

Andrés los vio con una mirada sospechosa, le daba la impresión de que ellos ya supieran lo que le había ocurrido. En forma des complicada, dijo que no le había ocurrido nada en especial, solo que Cali le estaba ahogando y le dieron ganas de hacer una larga salida y que cundo ellos dijeron Santa Marta, el se había dicho, por que no. Quique y Rodrigo se vieron a los ojos y luego volvieron a mirar a Andrés con ojos de quien puede ver mas aya de la mentira. Si claro, como no, dijo Quique, y entonces ya olvidaste lo de las tres mujeres y su misión. Mmm, exclamo Rodrigo, claro, que coincidencia encontrarnos en Medellín, justo en la terminal del norte, y que fácil te convencimos de ir a Santa Marta, no será por sus bellas playas, será mas bien por la sierra Nevada, y sus flechas hoscas… interrogo Rodrigo.

¡Ah…! Las tres mujeres, casi lo había olvidado, bueno, si lo he pensado un poco, dijo Andrés. Ya, respondió Rodrigo, y por casualidad no se te han aparecido niños que crecen en cuestión de minutos. Y de pronto no has podido encontrar tus cosas por que están todas pegadas en el maldito techo, pregunto Quique un poco molesto. Andrés en un estado relativamente autista continúo preguntando, o… manantiales que fluyen por el piso de tu casa y remontan las paredes dándole vida a los recuerdos… Rodrigo y Quique quedaron en silencio viendo conmovidos una extraña sombra de tristeza que se poso en la cara de Andrés mientras pronunciaba esas palabras.

Andrés salio de de su estado mediante una gran exhalación. Bueno, veo que no hay secretos entre nosotros, a todos nos abrazo el mismo gran misterio dijo con cierta tranquilidad en sus palabras. Creo que estamos en esto juntos y aparentemente no hay marcha atrás, concluyo anotando que ya era hora de abordar el bus.

Los tres tomaron sus morrales y se fueron lentamente en dirección al bus. De pronto una voz chirriante y áspera les ordeno detenerse: Y… es que no piensan pagar parceros, o ya quiere que los voltee a los tres. Tras de ellos caminaba un hombre claramente alterado portando un cuchillo en su mano derecha. Definitivamente se dirigía a ellos en una actitud retadora y belicosa.

Quique se interpuso en su camino mientras sacaba su billetera y le decía: oye, no hay problema, lo olvidamos. Seguidamente le pregunto al hombre por el monto de la cuenta, a lo que el respondió con un tono desconfiado: Si claro se les olvido mariquitas, son doce mil pesos y cinco más por el sustito. ¡Que! Respondió Rodrigo, esta loco. El hombre con velocidad de rayo le puso el cuchillo en su garganta y le dijo: no esta de acuerdo gonorrea. Rodrigo palideció y quedo paralizado, Quique no sabia que hacer, solo se movía de un lado al otro. De pronto Andrés, con vos tranquila dijo: Yo no estoy de acuerdo. Quique se agarro la cabeza con sus dos manos mientras decía: frescos, no pasa nada, aquí están veinte mil pesos y quédate con el resto. Una mirada de fuego cruzo aquel Hombre con Andrés, luego el agresor soltó a Rodrigo, tomo el billete y se empezó a alejar sin perderlos de vista. Enfundo su arma y viendo nuevamente a Andrés le señalo su yugular con los dedos índice y anular de su mano derecha, mientras dejaba escapar una desafiante sonrisa. Dio la vuelta y entro de nuevo al establecimiento.

Los tres se dirigieron presurosamente a abordar el bus, este ya se encontraba presto a partir. Era un viejo vehículo en mal estado, su cojinerìa estaba rota, su interior se encontraba lleno de graffitis de toda índole y un olor de muchos sudores pasados. El asiento trasero se encontraba desocupado. Los tres se sentaron. Quique observaba nerviosamente por la venta pendiente de cualquier amenaza que continuase pendiente, Rodrigo se sentó en silencio Andrés Luego de acomodarse se quedo dormido.

El bus se desplazarse lentamente, atravesó la ciudad sorteando innumerables congestiones de tráfico, hasta que salio de Medellín con rumbo norte, Quique una vez en carretera se tranquilizo y acomodándose en su asiento se quedo dormido al igual que Rodrigo.



V. MUCHAS TUMBAS

Comenzó a caer la noche y el bus continuaba con su lento y monótono trasegar, el cielo se pinto de naranja y rojo y las sombras del crepúsculo apresuraban la claridad.

El bus bajo la velocidad hasta detenerse, había una tranca vehicular, aparentemente un derrumbe bloqueaba la carretera, pero la información no era muy precisa. Acababan de pasar por un pueblo llamado Morales y en el tramo donde se encontraban ya las montañas no eran tan pronunciadas. Era un trayecto despoblado en donde además de los carros estacionados no se presenciaban pobladores. La noche era oscura y calurosa, de vez en cuando una suave brisa con aroma a salitre anunciaba la proximidad del mar así este estuviese a algunos cientos de kilómetros de camino.

El estomago de Rodrigo empezó a clamar su atención, obligándole a considerar la oportunidad de dejar un peso extra a orillas de la carretera. Dijo ya vengo y desapareció entre unos pequeños arbustos a orillas del camino. Quique estaba algo nervioso, confesándole a Andrés que le preocupaba mucho la situación, era bien sabido que esta era una zona violenta, territorio del mas salvaje de los grupos en conflicto, Andrés asintió con la cabeza y le confeso lo mismo. Deberíamos indagar un poco con los chóferes, ellos por lo general están bien informados dijo Andrés, idea que a Quique no le pareció prudente por las fuentes de su buena información. Que hacer exclamo Andrés llevándose las manos sobre su cabeza. Quique comenzó a contarle sobre una obra que estaba escribiendo, su titulo era “la otra de leche”, era una temática que evocaba en cierta forma una extraña sensación de zozobra que empezaba a sentirse en el ambiente. Luego de un rato, comenzaron a notar que Rodrigo tardaba mucho, Andrés se levanto y fue a dar un vistazo. Se interno por los arbustos escudriñando con sus ojos la maraña, luego de que se adapto a la oscuridad, recorrió unos cuantos metros a la redonda, se detuvo, no entendía que le podría haber pasado. En un tono bajo le llamo por su nombre, su llamado fue respondido por un ¡Hey!... y un silbido característico de Rodrigo. Andrés dio tres pasos en dirección a una pequeña quebrada de donde provino el silbido y sintió en el cuarto que su pie pisaba algo blando que casi le hace perder el equilibrio, un olor muy humano pero repugnante colonizo la atmósfera… ¡Mierda!, ¡Joder!, te defecaste en la mitad del camino, arrastro su zapato sobre la tierra y continuo en dirección de la quebrada para lavarlo. Vio la sombra acurrucada de Rodrigo sobre el río y le pregunto si todo estaba bien, Rodrigo dijo: Bueno… todo estaba saliendo de maravillas hasta que se percato que no tenia con que limpiarse el trasero, así que recurrió a u viejo truco que aprendió en los Boy Scout, procedió a limpiarse con hojas. Bueno, dijo Andrés y cual es el problema, funciona ¿no?, Rodrigo dijo… si claro solo cuando las hojas no son urticantes como la pringamoza. Andrés se encontraba parado en la orilla de aquel arrollo y no pudo contener su risa, fue tan explosiva que trastabillo con una piedra, cayendo de bruces sobre el pequeño manantial. La imagen era de no creérsela, el uno no podía salir del agua por su risa incontrolable mientras el otro refrescaba su trasero igualmente atacado de la risa.

Pasada la euforia del momento, Andrés salio del agua y Rodrigo se incorporo mientras se colocaba los pantalones, tomaron un atajo que rodeara su magnánima deposición. Salieron a unos cuantos metros de donde estaba Quique, quien pregunto que había pasado, cuando le contaron lo ocurrido, los tres no pudieron hacer mas que reír. Repentinamente el conductor subió al bus y dijo que tendrían que hacer un rodeo por que la cosa iba para largo. Tomarían el sendero que conducía a la Jagua de Ibirico y luego cruzarían por Aguas Blancas para salir de nuevo a la carretera por la Claricía.

Subieron al bus, Andrés se cambio de ropa en el asiento trasero y se acomodo de nuevo en su lugar. El camino estaba en mal estado, el vehículo progresaba aparatosamente. No se veía a nadie en los alrededores, o por lo menos hasta donde la oscuridad lo permitía. Paso algo mas de media hora hasta que se vio la primera casa, estaba vacía, el conductor dejo escapar un gesto de extrañeza por que esa casa que era la tienda estuviese cerrada. Eso turbo a los tres compañeros, algo tenso se dejaba sentir en el aire, La Jagua de Ibirico estaba en silencio. Cuando ingresaron a la calle que circundaba la pequeña plaza del pueblo, descubrieron que al igual que la tienda, todo estaba cerrado. El conductor se detuvo, bajo del bus, observo a cada uno de sus costados y se dirigió al centro de la plaza en donde había un pequeño parque. Los tres amigos observaron por la ventana como este repentinamente tomaba su cabeza entre las manos y se quedaba estupefacto mirando al suelo. Se miraron unos a otros, una anciana que se encontraba a dos puesto comenzó a orar y a pedir por sus almas como si ya supiese lo ocurrido, por las almas de quienes estará orando se pregunto Quique en voz alta. Por las de aquí y por las que se acaban de ir, respondió la mujer con una gran tristeza en su voz.